
En las noches del verano, nos sentábamos en tu patio a conversar de tantas cosas. Mientras el cenicero se colmaba de colillas de cigarrillos a medio quemar, te iba contanto pasajes de mi vida que no conocías ni pensabas en llegar a conocer. Aprendiste a conocerme con sólo verme de lejos, aprendiste las señales más allá de las simples palabras. Me miraste y comprendiste que detrás de una falsa imagen de auto-compasión y la potencial dureza de una armadura medieval, se hallaba un ser sumido en derrotas y desiluciones, pero con hambre insasiable de triunfos y esperanza. Con gotas de alcohol en nuestras sangre, me contabas tus experiencias, valoré todos y cada uno de tus logros. Se generaba un delicioso aire de confianza, de protección mutua. Me entendiste, y te entendí de inmediato. Comprendiste mis silencios, les pusiste las palabras exactas, y ve cuán lejos hemos llegado. Sin haber pronunciado mi más grande secreto ante el mundo, lo supiste sin siquiera preguntarme. ¿Qué clase de mágica relación es ésta?
Me emociona saber que existes, que has sido un apoyo constante en todos mis procesos, me reprochas cuando el deber te lo indica, y me felicitas, cuando obro de la mejor manera. No me resta más que decir que hago lo que puedo, que en cada uno de estos logros personales han sido en parte también tuyos, el coraje que se guarda en mi corazón, lo he aprendido de ti. Te sirvo un poco de licor, enciendo un cigarrillo más, y con miradas cómplices, te expreso mi enorme gratitud y el cariño infinito de quien se siente tu hija.
Te adoro!
Natalie.-

1 comentario:
ojalá yo pudiera decir eso...
weno, que esté bién profe n_n
Publicar un comentario